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Fijos los ojos en Jesús

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Descubrir a Jesús de Nazaret a través de sus comportamientos y de sus palabras, así como mantener fija la atención en él, es la garantía de avanzar con seguridad por los caminos difíciles de la vida.

Ed CCS, 204 p.
Autor: Maximiliano Calvo.

Primera Edición 1998. Cuarta Edición 2002.

 

 

Fijos los ojos en Jesús

 

28. Los fariseos y los escribas murmuraban

 

«Leví le ofreció en su cosa un gran banquete. Había un gran número de publicanos y de otros que estaban o la meso con ellos. Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo a los discípulos: '¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?'» (Lc 5,29-30).

Como sí de un partido de fútbol se tratara, parece que también aquí hay dos equipos: por una parte, los fariseos y los escribas; por otra, los publicanos, los pecadores, Jesús y sus discípulos. La contienda está servida y lista para ser jugada con el balón de los criterios. Una diferencia importante: mientras unos comían los otros miraban y juzgaban. Los que comían no se preocupaban más que de comer, aunque probablemente no conocían la frase del sabio: 'haz lo que haces'. Los que miraban se cansaron de mirar y de pensar y pusieron el balón en juego con la patada de la murmuración.

Los escribas y fariseos murmuraban. ¡Lógico! La murmuración es una forma de protestar cuando no llueve a gusto de uno. Cada ser humano tiene tendencia a convertirse en centro y medida de todo lo que le rodea y, en cuanto algo no le encaja, tiende a juzgarlo y rechazarlo; y si hay alguien que le escuche, a pronunciar en voz alta el comentario malintencionados y maliciosos sobre las situaciones o personas que no están en su onda.

La murmuración y la queja pueden ser internas o externas, ocultas o manifiestas. Su diferencia consiste en compartirlas o no con otros para buscar su aprobación, pero en ambos casos son un caudal de maldad y suciedad que nacen en la fuente del corazón, el lugar de donde sale lo bueno y lo malo. Nos equivocamos cuando pensamos que sólo es unible la murmuración y la queja que se manifiestan. ¿No se ha dicho siempre que se puede faltar de pensamiento, palabra y obra?

La murmuración, que es pariente próxima de la soberbia, implica una queja a causa del desplazamiento o la mínusvaloración del yo, por un supuesto trato indebido, que consiste en no ser considerados como merecemos -según nuestra opinión-o simplemente en no ser tenidos en cuenta. En definitiva, es un problema de falta de coincidencia en criterios y valoración de conductas, de falta de entendimiento entre los hombres.

Pues bien, si esto sucede entre los humanos que andamos todos en la tierra, en la que hemos nacido y crecido, ¿cómo no va a haber falta de entendimiento entre los hombres de abajo y el que ha venido de arriba, en el que no hay engaño, porque es la Verdad y sólo puede hablar y obrar la verdad? ¿Cómo iban a entender los fariseos y sus escribas que Jesús y sus discípulos se sentaran a la mesa con «un gran número de publicanos y otros» (Lc 5,29) que, al parecer, debían ser semejantes a ellos?

Volviendo a eso de las opiniones, los escribas y fariseos las tenían diferentes respecto de si mismos y de los demás: en su opinión, ellos eran los buenos, los justos, los que estaban cerca de Dios y eran preferidos de Dios, mientras publicanos y pecadores eran la escoria de la que había que cuidarse, como si se tratara de una enfermedad contagiosa. Aquí estaban haciendo una valoración moral, expresando juicios de valor peligrosos, porque si las opiniones trataran de cosas triviales, su juicio no tendría trascendencia, pero las opiniones sobre el bien y el mal, sobre la justicia y el pecado, son algo así como un robo hecho a Dios, que es el único que está en condiciones de conocer con exactitud el bien y el mal y, por lo mismo, de emitir juicio justo.

Los escribas y fariseos estaban acostumbrados a verse por encima de los demás y en consecuencia a creerse equivocadamente con capacidad para juzgar a todos y, lo que es más difícil, para opinar también sobre si mismos. El fallo que tuvieron es que veían las cosas al revés y confundían el bien con el mal y lo justo con lo injusto, es decir, su modo de ser y entender era opuesto al de Dios. Y lo más grave de todo es que se creían poseedores únicos de la verdad; desde ahí es como se atrevieron a preguntar semejante sandez, y lo hicieron porque la ceguera espiritual, en que les mantenía su soberbia, ni siquiera les concedió el favor de la duda en relación a sus opiniones.

Los escribas y fariseos tenían fácil acceso a la murmuración porque el Maestro -el personaje de moda que además había invadido su terreno sólo no contaba con ellos, sino que arremetía contra ellos. Tal vez por despecho, tal vez porque temían que, si se dirigían al Maestro, iban a salir humillados, decidieron dirigirse a los discípulos con su malintencionada pregunta, que tenía más de acusación que de pregunta.

Al principio tal vez empezaran pensando en su interior poco más o menos así: «¡Vaya profeta de perra gorda! No tiene ni idea de quién es esta gente <tal vez dirían gentuza) y, si la tiene, mucho peor, porque entonces se hace como uno de ellos, al mezclarse con ellos, en vez de mantenerse aparte y sin contaminarse, como hacemos nosotros. ¿Por qué no nos imita? Es un pecador que se hace pasar por profeta, que embauca a la gente y que habla y hace milagros en nombre de Beelzebú». Luego lanzaron la flecha envenenada en forma de pregunta: «¿Por qué coméis con publicanos y pecadores?». Preguntaron a los discípulos, pero el Maestro entró al quite y respondió por ellos. Aún no estaban preparados para responder, por lo que, siles dejaba contestar, dirían alguna tontería, de la que se aprovecharían los murmuradores diciendo: «Esto es lo que han respondido sus discípulos, luego esto es lo que les enseña». Pero la astucia de los necios escribas y fariseos quedó malparada por el golpe que les propinó la sabiduría del Maestro, que probablemente les dejó peor de lo que estaban: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,31-32).


***

Estamos de acuerdo contigo, Señor, en que aquellos 'pájaros' tenían malas intenciones y nos alegramos de que les cortaras las alas. En cuanto tenían ocasión ya estaban criticando tus palabras y tus obras. Pero, ¡es que cuesta tan poco murmurar, Señor! Bien pensado, también a nosotros nos ocurre a veces, a pesar de llevar el nombre de discípulos tuyos. Por ejemplo, cuando en nuestro interior pensamos que no te entendemos, que no haces caso a nuestras oraciones o que te despreocupas de nuestras malas situaciones. La verdad es que tenemos tan a mano la murmuración, que lo difícil es pararla. En resumen: aunque no nos lo proponemos, muchas veces somos imitadores de aquellos a quienes nosotros juzgamos y condenamos por murmuradores. Perdona, Señor.


INDICE

1. Al pasar vio a Leví
2. Pedid y se os dará
3. Cielo y tierra pasarán
4. Frustraron el plan de Dios
5. Simón, Simón, mira que Satanás ha solicitado cribaros
6. No quedará piedra sobre piedra
7. Conozco tu conducta
8. Habla las palabras de Dios
9. Cuando vayas a orar
10. Esta es la vida eterna
11. Alzó la voz una mujer de entre la gente
12. Tengo sed
13. Como el que sirve
14. Estad atentos y vigilad
15. La gente quedaba asombrada
16. Yo soy el buen pastor
17. Vosotros sois la luz del mundo
18. Permaneced en la ciudad
19. Me habéis traído a este hombre como alborotador
20. Aprended de mi
21. Había allí una vasija de vinagre
22. Si el grano de trigo no muere
23. Si alguno guarda mi palabra
24. Salieron a su encuentro diez leprosos
25. Tanto amó Dios al mundo
26. Jesús, lleno del Espíritu Santo
27. He bajado del cielo
28. Los fariseos y los escribas murmuraban
29. No necesitan médico los sanos
30. Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo
31. Acerca aquí tu dedo
32. Este pueblo me honra con los labios
33. Venid a mi
34. El Padre os dará el Espíritu Santo
35. El Espíritu es el que da la vida
36. Os dispersaréis cada uno por vuestro lado
37. Marta estaba atareada en muchos quehaceres
38. Si alguno tiene sed
39. Llega la hora
40. Si alguno viene donde mí
41. Uno de los soldados le atravesó el costado
42. Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?
43. Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?
44. Le llevaron ante Pilato