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Caminar en la Verdad

Temas que preparan el corazón para la conversión, como clave del encuentro con Dios, y ayudan a dar los primeros pasos de crecimiento en relación con él.

Ed CCS, 140 p.
Autor: Maximiliano Calvo.
Primera Edición 1999. Novena Edición 2005.

 

 

 

 

 

 


Caminar en la verdad

 
Capítulo 15:
Hacerse discípulo
 
«Decía Jesús a los que habían creído en él:
"Si os mantenéis en mi Palabra, seréis
verdaderamente mis discípulos"»
(Jn 8,31)
 
 
          Si hemos llegado hasta aquí es porque también nosotros hemos creído en el Señor Jesús como el enviado por Dios para salvarnos y ofrecernos la nueva vi­da, la felicidad y el amor que habíamos perdido por el pecado. Para beneficiar­nos de todo esto, hemos visto que es necesario dar una respuesta: reconocer a Jesucristo como único Salvador y Señor, y vivir cada día esta aceptación, es de­cir, vivir como verdaderos discípulos.
 
1. Venid conmigo

 

          Pedro, como nosotros, buscaba ser feliz, y en su corazón tenía la necesidad de amor y de vida eterna. Un día apareció por la ori­lla del lago donde faenaba al­guien que no conocía; mucha gente se agolpaba alrededor de él para escucharle.
 
          Se quedó quieto para intentar oír lo que aquel hombre decía. Su voz era fir­me y dulce a la vez, hablaba como quien tiene autoridad y no como los escribas que él oía cuando la pesca le permitía ir a la sinagoga. Cuando pudo escuchar sus palabras, todavía se asombró más, porque aquel Maestro parecía conocer lo que había en su corazón, y daba la respuesta a todas las inquietudes y pre­guntas que Pedro llevaba en su interior. Nunca había visto a nadie igual, irradia­ba vida, verdad, amor... y sin embargo, su apariencia era de lo más sencilla. Tan sorprendido estaba, que casi no se dio cuenta de que aquel hombre había lle­gado hasta donde se encontraban él y su hermano Andrés. El Señor se les que­dó mirando, y les dijo: «"Venid conmigo"... Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron» (Mt 4,19-20).
 
          Jesús llamó a Pedro para ser discípulo suyo; lo que hizo entonces el Señor con Pedro y tantos de su generación, lo hace también hoy: nos llama a cada uno por nuestro nombre, para ser discípulos suyos. Más aún, el Maestro envió a los discípulos que preparó, con una misión muy concreta: «Id y haced discípu­los a todas las gentes... enseñándoles a guardar todo lo que yo os he manda­do» (Mt 28,19-20).
 
          La iniciativa en esta elección no parte de nosotros, sino de él: «No me ha­béis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16). Su llamada no es precisamente por nuestros méritos, sino por pura gracia suya, como nos recuerda Pablo: «Nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia» (2 Tm 1,9).
 

2. Ser cristiano es ser discípulo de Jesús

 

          A veces se denomina cristianos a los que no lo son. Si aclaramos los conceptos veremos por qué. Ser discípulo, en tiempos de Jesús, era mucho más que ser alum­no. Un alumno se limita a aprender enseñanzas, pe­ro el discípulo es un adepto, un seguidor, un imitador del maestro. El discípulo estaba llamado a vivir con el maestro y como el maestro.
 
          A los que seguían al Señor Jesús y vivían su doctrina, se les llamaba discí­pulos de Jesucristo. Solo más tarde se les empezó a conocer con el nombre de cristianos: «En Antioquía fue donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11,26). Esto quiere decir que el cristiano verdadero es un discípulo, es decir, alguien que sigue al Señor Jesús (¡no sólo los domin­gos!). Pero hoy, entre los llamados católicos, existen:
 
+  El bautizado. Es aquel que recibió el sacramento del bautismo nada más nacer, tal vez ha hecho la primera comunión y hasta se «ha casado por la Iglesia». Es posible que asista a alguno de los cultos ordinarios o tal vez dejó hace tiempo su relación con Dios y con la Iglesia.
 
+  El convertido. Es aquel que ha escuchado la Palabra de Dios y ha reco­nocido y aceptado a Jesús como su Salvador y Señor en algún momento de su vida, pero no ha adelantado buscando un crecimiento hacia la ma­durez de Cristo. Tal vez se ha acomodado en una vida de cumplimiento. Su conversión fue real, pero no se ha desarrollado.
 
+  El discípulo. No sólo es bautizado y convertido, sino que además está viviendo su cristianismo con autenticidad, tratando de conocer y hacer la voluntad de Dios en su vida y de someterse a su Palabra. Se convirtió y sigue creciendo en su conversión.
 
3. Ser discípulo de Jesús es conocerle
 
          El discípulo no lo es por lo que sabe del maestro, sino por su relación con él. La clave está en «conocerle a él» (Flp 3,10) de un modo concreto y vivo, no sólo a través de libros o del mero cumplimiento de su doctrina. Para ser discípulo de Jesucristo es necesario tener un encuentro personal con él y seguirle a donde­quiera que vaya.
 
          Por eso el cristianismo no es fundamentalmente una colección de leyes o normas que haya que cumplir, y cuyo cumplimiento sirva de norma de califica­ción; tampoco es una filosofía, sino un programa de vida. Se trata de creer no en algo, sino en alguien, en Jesucristo el Señor, y vivir según él. De esta forma, el cristianismo es una relación en el amor entre Dios y el hombre, hecha posible por Cristo y llevada a su fin por el Espíritu Santo.
 
          San Basilio dice que un cristiano o discípulo es «según hemos aprendido del Señor mismo, todo aquel que se acerca al Señor para seguirlo, obedecerlo a él como amo y señor, médico y maestro de la verdad».
 
4. Características del discípulo
 
          Jesús les dijo «a los que habían creído en él: "Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos"» (Jn 8,31). En una sola frase resumió las condiciones para ser discípulo suyo:
 
+  Creer en él. La fe es la base para toda nuestra relación con Dios. No se­guiremos a alguien en quien no creemos.
 
+  Mantenerse en su Palabra. Esto es mucho más que un acercamiento esporádico a la Escritura; implica una permanencia en la Palabra que se tiene que traducir en obediencia. Para esto es necesario:
 
Callar. Guardar silencio interior y exterior delante de aquel que todo lo sabe y puede, para poder acoger todo lo que quiere mostrarnos.
Escuchar, porque Dios está deseando comunicarse con el hombre. El único problema somos nosotros, que no nos paramos a acoger todo lo que él quiere decirnos, especialmente a través de las palabras de la Es­critura. Para poder escuchar a Dios es necesario haber tomado la firme decisión de hacer su voluntad en todos los aspectos de nuestra vida.
Obedecer. Contrastar nuestra vida con la Palabra de Dios y tenerla co­mo norma de conducta es la clave para nuestra vida cristiana. Tenemos que poner todo nuestro esfuerzo en vivir iodo el evangelio, y evitar quedarnos sólo con lo que nos interesa.
 
5. «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)

          Nunca dijo Jesucristo que fuera fácil ser discípulo suyo, pero es posible y mere­ce la pena. Su invitación es clara y contundente:

 «Decía a todos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.  Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?"» (Lc 9, 23-25).
 
          El Señor sabe que sólo cuando le segui­mos encontramos nuestra plenitud. Aún así, su oferta es una invitación que re­quiere una respuesta libre y personal. Siendo el Rey de Reyes, se limita a invi­tarnos: «Si alguno quiere...».
 
          Al lado de nuestra respuesta afirmativa está su apoyo incondicional: él pro­mete estar con nosotros hasta el final de los tiempos y enviarnos la fuerza del Espíritu «para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,16). Eso sí, si quere­mos ser sus discípulos no podemos serlo a medias, a no ser que queramos oír también una reprimenda: «¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?» (Lc 6,46).
 
* Ser cristiano es ser discípulo de Jesucristo.
* Un discípulo es el que cree en Jesús, trata de conocer y hacer la vo­luntad de Dios en su vida, y de obedecer su Palabra.
 
TEXTOS PARA REFLEXIÓN
 
a) Mt 7,24-27;           b) Jn 13,34-35;           c) 1 Jn 2,6.
 
PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN
 
1. ¿Dónde crees que te encuentras, entre los bautizados, los convertidos, o los discípulos? ¿Por qué?
2. ¿Cuál de las características del discípulo te es más difícil vivir?
3. ¿Qué vas a cambiar a partir de ahora
 
ÍNDICE
 
Introducción
 
1.      ¿Existe Dios?
2.      ¿Cómo es Dios?
3.      ¿Son todas las religiones iguales?
4.      Grandeza y pequeñez del hombre
5.      La conciencia
6.      Los interrogantes del hombre
7.      La Palabra de Dios
8.      Nuestra respuesta: la fe
9.      Acogida a la palabra de Dios
10.    Dios también es amor
11.    El pecado y sus consecuencias
12.    Jesús, salvador
13.    Jesús, Señor
14.    La conversión
15.    Hacerse discípulo
16.    El crecimiento cristiano
17.    El Espíritu Santo
18.    La comunidad cristiana
19.    La relación con los hermanos
20.    El servicio cristiano
21.    La relación con Dios
22.    Los sacramentos
23.    El trato con el mundo
24.    La lucha contra la carne
25.    Otro enemigo peligroso