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No todo el que diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos

“No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El citado versículo y los que le siguen están en la Biblia de Jerusalén encabezados bajo el título “los verdaderos discípulos”.

Hay textos bíblicos aparentemente complicados de entender e interpretar, pero no es éste el caso. El Señor es muy claro en estos versículos y nos advierte muy seriamente de quién es el verdadero discípulo y quién el falso. No se anda el Señor con rodeos y deja bien claro quiénes son, desde su punto de vista, que es el que cuenta, los verdaderos discípulos.

Es bueno y justo llamar a Jesús ‘Señor’, como vimos en temas pasados, aludiendo a las palabras del mismo Señor: “Vosotros me llamáis el Maestro y Señor, y decís bien porque lo soy”, pero el hecho de llamar a Jesús como Señor no garantiza que nuestra relación con él sea la de discípulo-Señor. Además, y esto es lo realmente importante, hay que hacer la voluntad de Dios. Es la diferencia entre el decir y el hacer. No basta decir o llamar a Jesús ‘Señor’, sino que hay que hacer lo que el Señor dice. Por eso alguno de los que le llaman ‘Señor’ entrarán en el Reino de los cielos, pero otros no, según comienza el versículo 21.

El Señor nos lleva con esta afirmación a hacer un examen de nuestra vida, porque tengo que preguntarme ¿en qué grupo de los dos me encuentro, en el de los que llaman a Jesús, ‘Señor’ o en el de los que además hacen su voluntad? No es esto algo secundario, ni mucho menos, en juego está entre otras cosas, entrar o no en el Reino de los Cielos.

No podemos pensar que los que se limitan a decir ‘Señor’ son los paganos, mientras los que hacen la voluntad de Dios son los cristianos. El Señor se está refiriendo en este pasaje a los discípulos, o mejor, en el primer caso a falsos discípulos y en el segundo a los verdaderos discípulos. Esto lo pone de manifiesto el versículo siguiente, el 22: “Muchos me dirán aquel Día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ‘Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad’”. La carta de presentación de éstos parece difícil de superar: profetizar en el nombre del Señor, expulsar demonios, hacer milagros en su nombre,… Por supuesto, éstos confiesan en su vida el señorío de Jesús y piensan que son buenos discípulos de Jesús, de ahí su extrañeza y sorpresa ante las duras palabras del Maestro. ¡Quienes pensaban que seguían al Señor y le conocían y actuaban en su nombre, resulta que no son conocidos por el Señor mismo! ¿Puede haber algo más decepcionante?

Ni la confesión de Jesucristo como Señor, por un lado, ni la realización de obras de poder como las que relata el versículo 22, por otro, garantizan que detrás haya un auténtico discípulo. Lo único que lo garantiza es que la persona haga la voluntad de Dios. No es que no sea importante confesar el señorío de Cristo, de hecho hay que hacerlo -la Palabra de Dios nos dice que lo hagamos- (cf. Rm 10,9), ni tampoco que no haya que realizar obras de poder, pues también la palabra de Dios nos dice que el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder (cf. 1 Co 4,20), pero el verdadero discípulo se caracteriza porque busca la santidad, o si se prefiere, porque vive entregado a hacer la voluntad de Dios.

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