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Objetivos

Descubrir que una forma de amar es no hablar mal de los demás. Descubrir que nosotros no podemos juzgar a los demás, sólo Dios lo puede hacer, Él es el único que conoce la verdad.

Reflexión

Os voy a contar algo que le pasó a Jesús: «Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Y le dijeron sus hermanos: «Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie actúa en secreto cuando quiere ser conocido. Si haces estas cosas, muéstrate al mundo»… Entonces les dice Jesús: «Todavía no ha llegado mi tiempo,… Subid vosotros a la fiesta; yo no subo a esta fiesta porque aún no se ha cumplido mi tiempo». Dicho esto, se quedó en Galilea. Pero después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces él también subió no manifiestamente, sino de incógnito. Los judíos, durante la fiesta, andaban buscándole y decían: «¿Dónde está ése?». Entre la gente había muchos comentarios acerca de Él. Unos decían: «Es bueno» Otros decían: «No, sino que engaña al pueblo» (Jn 7,2- 13).

Jesús estaba en una fiesta y todos hablaban de Él a sus espaldas. Cada uno daba su opinión, unos decían que era una buena persona y otros decían que no era una buena persona, sino que engañaba a la gente. Jesús estaba siendo juzgado. La gente estaba hablando de Jesús sin conocer la verdad, sin tener la información correcta. Unas personas hablaban bien de Jesús y otras hablaban mal de Jesús. ¿Ocurre esto hoy en día? […] ¿Hay personas que hablan mal de otras? […] ¿Has hablado alguna vez mal de una persona? […] ¿Conocías toda la información? […] ¿Conocías toda la situación de esa persona? […]

Después de aquello Jesús se puso a enseñar la palabra de Dios y la gente volvió a juzgarle: a unos les parecería bien lo que enseñaba y otros decían: «¿Cómo entiende de letras sin haber estudiado?» (Jn 7,14). Juzgan y se equivocan. Piensan que Jesús no conoce las Escrituras, cuando en realidad sabe más que ellos. Él es hijo de Dios y Dios le ha enseñado todo y Dios es el único que conoce toda la verdad. También le juzgan por haber curado en sábado. De nuevo piensan que ellos tienen la razón y que no se puede curar en sábado: “Dice Jesús: ¿os irritáis contra mí porque he devuelto la salud plena a un hombre en sábado?” (Jn 7,23). Jesús termina diciendo: “No juzguéis según la apariencia. Juzgad con juicio justo” (Jn 7,24). Cuando juzgas, ¿cómo sabes que tienes la razón? […] ¿Crees que juzgar a una persona es amarla? […] ¿Crees que juzgar a una persona le hace daño? […]

En otra ocasión dice Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: `Deja que te saque la brizna del ojo', teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano” (Mt 7,1-5). No juzgues, dice Jesús (y se puede juzgar de palabra o de pensamiento), para que no seas tú también juzgado. Es mucho mejor hablar de los demás como te gustaría que hablaran de ti, ¿no crees? ¿Somos superiores a los demás? No, tal vez nosotros cometemos los mismos errores que los demás, o incluso mayores a los ojos de Dios.

En muchos más pasajes de la Biblia, Dios nos recuerda que no juzguemos a las personas. Veamos dos más.

Dice el apóstol Santiago: “No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez. Uno solo es legislador y juez, el que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?” (St 4,11-12). Sólo Dios puede juzgar, sólo Él conoce los secretos del corazón, el por qué, la intención y la finalidad de cada acción de los hombres. Sólo Dios conoce la educación, las circunstancias, el pasado, el presente, las heridas recibidas a lo largo de la vida de cada hombre.

Dice el apóstol Pablo: “Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué desprecias a tu hermano? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios, cada uno de vosotros dará cuenta de sí mismo a Dios. Dejemos, por tanto, de juzgarnos los unos a los otros; juzgad más bien que no se debe poner tropiezo o escándalo al hermano” (Rm 14,10.12-13). Muy buen consejo el de Pablo: dejemos de juzgarnos y de hablar mal los unos a los otros.

Espíritu Santo, ayúdanos a amar a los demás como Jesús lo haría, sin juzgarlos, sin hablar mal de ellos, sino tratando de ayudarles en todo. Amén.

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