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Nadie puede servir a dos señores

“Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24).

Tendríamos que comenzar entendiendo el significado de estas primeras palabras “nadie puede servir a dos señores”. Creo que las palabras que le siguen nos dan una buena pista para entenderlas bien. En la opinión del Señor, que es la que cuenta, no podemos servir a dos señores. Por lo menos no podemos hacer ese servicio en las debidas condiciones, o de un modo correcto. Si servimos a un señor, ya le estamos quitando servicio al otro. Servir, en un sentido pleno o absoluto, que es el servicio que el Señor demanda -porque él no comparte su servicio con nadie-, es algo que él espera de sus siervos. Podríamos cambiar la palabra “servir” por “amar” o “adorar”, y tal vez así comprenderíamos mejor que no es posible amar a dos señores, o adorar a dos señores. Si nos fijamos en el servicio cristiano, sólo el Señor es digno de TODO nuestro servicio, amor y adoración. Y él así lo quiere.

Está refiriéndose aquí el Señor no a un servicio cualquiera, sino al servicio que ocupa todo nuestro corazón, que es lo más profundo del hombre, y que condiciona todo lo que hacemos y queremos. Lo importante no es tanto lo visible, lo que externamente hacemos, aunque tiene su importancia, sino lo que hay en nuestro corazón. El Señor ya dijo que el primer y principal mandamiento era amarle con TODO nuestro corazón, con TODA nuestra mente y con TODAS nuestras fuerzas.

Podemos deducir, pues, que si estamos decididos a seguir al Señor, a él no le agrada un servicio con reservas, o sea, reservarnos para nosotros mismos ciertas áreas de la vida en las que no le dejamos ser el Señor porque todavía no se las hemos entregado. Si él no reina en toda nuestra vida, todavía no podemos decir que Jesucristo es nuestro Señor. Claro que luego, en la práctica, todos tenemos nuestros fallos, pero no podemos, de entrada, poner límites al Señor en sus áreas de actuación. Y esto sucede más de lo que creemos, unas veces de modo consciente, pero otras muchas, de modo más oculto o inconsciente, cerrando nuestro corazón a lo que él quiere hacer en nuestras vidas.

La parte final del versículo es también para meditarla: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Ya vimos hace varias semanas cómo el Dinero es un ídolo poderoso, en el que el hombre suele poner su amor con frecuencia y lo hace hasta tal punto que ese amor le lleva a desplazar al Señor Jesús del lugar que sólo él merece en nuestras vidas. Si el Señor dijo que no se puede servir a Dios y al Dinero, por algo lo diría. Su palabra es válida y portadora de luz y sabiduría para todos los tiempos. Y si vamos un poco más allá, creo que especialmente en los tiempos actuales el amor al dinero, o el servicio al dinero, es por excelencia una de las principales ataduras que impide a muchos hombres, incluso cristianos, salir de su situación de esclavitud. Servir al Dinero es entregarse a él, buscarlo con afán, tener el corazón en él, o vivir para las cosas temporales.

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