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Objetivos

Aprender de Jesús, nuestro modelo de obediencia.
 
Reflexión
 
Sabemos lo que significa obedecer. Pero lo que nos cuesta es practicar la obediencia, sobre todo cuando lo que nos “mandan” hacer no nos gusta o en ese momento no nos apetece [Poned ejemplos].
El problema es que casi nunca le apetece a nuestra carne obedecer, por eso nuestra mente tiene que tener muy claro que debemos obedecer, que nos conviene obedecer, que obedeciendo agradamos a Dios, obedeciendo amamos a Dios, obedeciendo aprendemos, obedeciendo crecemos,… “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14,15), nos dijo Jesús. Cuando una voluntad fuerte dice: “¡a obedecer!”, entonces se cumplirá. Por tanto hay que fortalecer la voluntad.
 
Imagina que tienes que jugar un partido de fútbol el sábado a las ocho de la mañana y está lloviendo. ¿Te cuesta madrugar? […] Después de estar jugando la primera parte del partido bajo la lluvia, estás mojado, cansado y con las zapatillas llenas de barro y además te has caído y te escuece la herida de la rodilla. Llega la segunda parte y el entrenador te dice que hay seguir jugando. ¿Te supone un gran esfuerzo obedecer? […] ¿Protestas? […] Hacer las cosas que nos gustan y que disfrutamos haciéndolas no nos supone un esfuerzo. Cuando llegas a casa, tus padres te dicen que debes recoger, ordenar, limpiar le polvo de tu cuarto y después hacer los deberes. ¿Obedeces? […], ¿y sin protestar? […] Esto ya resulta más difícil, pero no es imposible de cumplir. Confía en tus padres que quieren lo mejor para ti. Dios ha dado a tus padres la autoridad para enseñarte, para corregirte, para guiarte y para darte lo que más te convenga.
 
A Jesús también le pidieron sus padres hacer algo que en ese momento no le apetecía. Escuchad.
“Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. Al volverse ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero, al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron quedaron sorprendidos y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,41-49). Jesús estaba enseñando en el Templo, porque aunque era un niño igual que tú, un niño de doce años, un niño hombre, también era un niño hijo de Dios. Jesús tenía dos naturalezas a la vez: naturaleza humana y naturaleza divina. Cuando Jesús de doce años vio a su madre María y a su padre adoptivo, José, que le buscaban y le decían que tenía que volver a casa, ¿qué hizo Jesús? […] Jesús obedeció a sus padres sin protestar. Dice el evangelio: “Bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos“ (Lc 2,51).
 
Jesús también obedeció a su padre Dios. Y lo que Dios le pidió no era fácil. El plan de Dios era que su único hijo Jesucristo muriera para traer la salvación a todos los hombres: “Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros… fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5,8.9). Jesús obedeció a su Padre aceptando la muerte. ¿Absurdo? […] ¿Difícil? Sí, pero Jesús se fió, Jesús obedeció a su Padre. Era muy difícil aceptar y obedecer este mandato de su Padre: cargar con todos los pecados de los hombres, ser juzgado como culpable siendo inocente, aceptar la soledad y el abandono de sus discípulos y amigos, sufrir dolor en el cuerpo, recibir insultos,… Jesús antes que lo arrestaran los soldados romanos y lo entregaran para crucificarlo, se fue a un monte a orar y oró así: “«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (Lc 22,42-44). Jesús sabía todo lo que le iba a suceder pero obedeció diciendo:“que se haga tu voluntad”. Jesús obedeció y por su obediencia tenemos la salvación y el perdón de los pecados como dice en Romanos 5,19: “por la obediencia de uno todos serán constituidos justos”. Jesús sabía que el plan de Dios era perfecto y aunque era difícil de comprender y de llevar a cabo, Jesús obedeció.

A veces nuestros padres nos dicen que hagamos algo que nos cuesta sacrificio y hasta pensamos que no tienen razón, ¿obedeces como Jesús? […] También Dios nos pide que obedezcamos sus mandamientos, como vimos el curso pasado y algunos son difíciles (como amar a los enemigos), ¿obedeces como Jesús? […]. Jesús es el mejor ejemplo de obediencia que podemos tener. Cuando algo te resulte difícil recuerda que Jesús obedeció antes que tú, y que su obediencia trajo grandes beneficios a todos los hombres. Y no te preocupes, porque Dios no te pedirá nada que no puedas cumplir, Dios nunca te va a pedir un sacrificio tan grande como le pidió a su hijo Jesús. Y recuerda que el Espíritu Santo está deseando ayudarte.

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