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Jesucristo, Señor de los hombres

En las semanas precedentes nos hemos adentrado en la persona de Jesucristo, viendo como él es Señor de la creación y cómo tiene toda la autoridad sobre el pecado y sus consecuencias: la muerte, el Diablo, la enfermedad y la ley. En éste y en los próximos temas, veremos cómo Jesucristo es el Señor de todos los hombres en general y de todas las áreas de nuestra vida en particular.
El Señor es Señor de todo y de todos, pero, por tocarnos de un modo más directo y por las consecuencias tan directas para nuestras vidas, debemos tratar con especial atención el hecho de que Jesucristo sea el Señor de todos los hombres de todos los tiempos. Y ahí estamos cada uno de nosotros. Así pues, echemos un vistazo a nuestra persona y veamos algo de lo que la palabra de Dios dice sobre su señorío sobre nosotros.
El hombre en su totalidad, “espíritu, alma y cuerpo” (cf. 1 Ts 5,23), es del Señor. La palabra de Dios afirma categóricamente el señorío de Cristo sobre los hombres: Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo (1 Pe 1,18-19). Al ser comprados por Cristo, él ha adquirido todos los derechos sobre nosotros y por tanto le pertenecemos. El es nuestro dueño y Señor. Somos suyos. Nuestras vidas han sido arrebatadas de la mano de nuestros enemigos, que fueron derrotados en la cruz. Desde luego, la exclamación del apóstol Pablo no es para menos: “¡Habéis sido bien comprados!” (1 Co 6,20).
Ahora bien, como Dios ha dado al hombre libertad para someterse a él o no hacerlo, su señorío sobre cada hombre queda condicionado, para que alcance plena eficacia, a la aceptación de su señorío. Si el hombre, en mal uso de su libertad, decide apartarse de Jesucristo y rechazar, por tanto, la obra de la cruz, el hombre queda o se mantiene bajo la autoridad del Diablo.
Para entender mejor esto quiero explicar brevemente algo importante para la vida del hombre. Cuando el hombre viene a este mundo, lo hace no en el Reino de Dios, sino en el Reino de Satanás. Recordemos las palabras de Cristo a Nicodemo: ‘“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios’. Dícele Nicodemo: ‘¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer?’ Respondió Jesús: ‘En verdad, en verdad te digo, el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios’” (Jn 3,3-5). El Reino de Dios no se manifiesta sólo en la vida futura, sino que ya en la tierra está entre los cristianos; el Reino de Dios llegó a la tierra con Cristo y allí donde él mora se hace ya presente el Reino de Dios. Es necesario, por tanto, nacer de nuevo, o nacer a la vida nueva, a la que somos incorporados mediante la fe en Cristo Jesús y el bautismo, al ser derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones y pasar a ser ciertamente hijos de Dios. Sólo por la fe en Jesucristo y el bautismo, el hombre es sacado del reino de las tinieblas y es trasladado, al reino de la luz o reino de Cristo.
Efectivamente, utilizando palabras del apóstol Pablo, estábamos muertos en nuestros pecados y delitos, nos habíamos constituido en enemigos de Dios por causa del pecado, pero él vino a nuestro encuentro y nos compró. Nos rescató, nos tomó. Nos vivificó. Nos sacó del reino de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su amado Hijo. Si decidimos vivir en su Reino, salimos del área de dominio de Satanás, que es el Príncipe de este mundo, y pasamos a tener otro dueño, Jesucristo. Porque “el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Co 5,17). Es decir, para que la compra de Cristo tenga plenos efectos sobre nosotros es necesario que creamos en él y seamos incorporados a su Reino. Y luego mantenernos en él, porque también es posible en esta vida salir de su Reino al rechazar a su Señor, volviendo a caer de nuevo bajo la esclavitud del Maligno.
El hecho de que Jesucristo sea el Señor del hombre lleva automáticamente a deducir que todo lo que el hombre es y tiene verdaderamente no le pertenece. Todo cuanto somos y tenemos es del Señor. Nosotros apenas somos administradores de los dones que Dios nos da. Hay personas que se jactan de su inteligencia, de sus obras, o de sus riquezas, pero la palabra de Dios nos advierte y recuerda que de nada puede presumir el hombre: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4,7). Frase que no vendría mal tener guardada en el corazón, para poner cada cosa en su sitio, para no apropiarse de lo que no nos pertenece y para glorificar a Dios con todo lo que somos y tenemos. ¿Qué es entonces lo que nos pertenece? ¿De qué es el hombre dueño y señor en el sentido más genuino de la palabra? Del pecado. Esto es lo suyo. Ahí Dios no tiene parte, ni quiere tenerla porque aborrece el pecado, que es contrario a su santidad.
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