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Jesucristo, vencedor sobre la enfermedad

En este tema vamos a referirnos más a la enfermedad psíquica o física, pues la enfermedad espiritual, que en la Biblia se identifica con el pecado, y que es la enfermedad más grave de todas, ya quedó tratada en temas anteriores. El pecado que abrió la puerta a todos los males, dio entrada también a la enfermedad física y psíquica. El hombre pasó de la salud perfecta a un estado de vulnerabilidad ante la enfermedad, y a tener experiencia de algo que antes desconocía.

En la crucifixión de Cristo todo lo que pasó fue impresionante. El profeta Isaías, anticipándose a lo que habría de ocurrir varios siglos más tarde, escribió sobre la persona de Cristo con estas palabras:
“Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados (Is 53,2-4).
Es decir, Cristo tomó sobre sí en la cruz todas nuestras enfermedades, y las sanó. Todas. Las de todos los hombres, de todos los tiempos.
Y efectivamente, durante sus años en la tierra demostró sobradamente su autoridad sobre la enfermedad. El contenido de la misión de Cristo en las tierras de Palestina tenía mucho que ver con la sanación de las enfermedades, que demostraban que el Reino de Dios se hacía finalmente presente entre los hombres: “Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23).
Cuando Juan Bautista envió a sus discípulos donde estaba Jesús para preguntarle: “¿Eres tú el Mesías que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3), Jesús les respondió fundamentalmente con el mismo contenido: por un lado el anuncio de la Buena Nueva, por otro y juntamente con este anuncio, las señales de poder que traían salud, consuelo y dominio sobre la enfermedad: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt 11,4-5).
A medida que el Señor caminaba por los pueblos y aldeas, por los campos y montes, ponía en práctica su misión salvadora y manifestaba su señorío sobre toda enfermedad: Curó a leprosos y a todos los enfermos que se le presentaron, precisamente, como dice el evangelista, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). Curó a un paralítico, a una hemorroisa, a dos ciegos, a un mudo, como vemos en el capítulo 9 de Mateo, e hizo muchas otras señales que demostraban inequívocamente su total poder y autoridad sobre la enfermedad.
Luego los apóstoles, en el nombre de Jesús, el Sanador, cumpliendo el mandato dado por el Maestro y Señor, por obra del Espíritu Santo que había sido derramado en sus corazones, realizaron continuamente las mismas señales que había llevado a cabo el Maestro. Pedro, Pablo y todos los continuadores de Cristo, toda su iglesia, creyeron en el poder de Cristo para sanar enfermedades y dolencias, y seguir así demostrando el señorío de Cristo sobre todo padecimiento humano.
Todo ese poder de Cristo, que hoy sigue manifestándose en la tierra a través de sus discípulos, es primicia de la perfecta salud que será en la Jerusalén celestial, donde no habrá ya enfermedad “porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,4). Allí todo será plenitud de bienestar, felicidad y vida, y en definitiva, ausencia de todo mal.
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