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Jesucristo es el Señor

En la legua castellana el término “señor” puede referirse tanto a una fórmula de tratamiento e incluso de cortesía y respeto a las demás personas, y así se habla, por ejemplo, del “señor García” o “señor Pérez”, como puede referirse al propio Dios, y especialmente a Jesucristo. Estamos tan acostumbrados a oír y utilizar la palabra “señor” que tal vez no nos hemos parado a reflexionar y profundizar en el sentido del término “Señor” aplicado a Dios.

El título de Señor es propio de Dios, porque sólo él es el Señor en el sentido más pleno y verdadero del término. Dentro de la Trinidad: el Padre es Señor, el Espíritu Santo es Señor, pero, el Hijo es la persona dentro de la Trinidad de quien por excelencia se dice que es “Señor”.

Cuando la Biblia afirma que Jesucristo es Señor, está diciendo que es el amo, el dueño de todo cuanto existe. Todo es suyo y además nadie se lo puede arrebatar. Él es quien ostenta todo el dominio y ejerce su autoridad de modo absoluto. Nadie hay por encima de él. Todo lo que quiere lo hace. Su palabra no encuentra oposición y su poder es sobre todo poder. Él es el “Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19,16).

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no es un señor más, equiparable a los demás señores, o uno entre varios. Es el Señor, el único Señor.

La palabra de Dios, que es verdadera, ya que en ella no hay sombra ni posibilidad de error, nos presenta desde el Antiguo Testamento a Jesucristo como el Señor.

El rey David anticipándose al nacimiento del Señor ya dijo acerca de Cristo: “Para ti el principado el día de tu nacimiento, en esplendor sagrado desde el seno, desde la aurora de tu juventud” (Sal 110,3).

El profeta Isaías, profetizó 800 años antes de la venida del Salvador anunciando que este Mesías sería también la persona extraordinaria sobre la cual recaería el señorío: “Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro...” (Is 9,5). También el profeta Zacarías acerca de la extensión de su señorío profetizó: “su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra” (Za 9,10). Y los ángeles de Dios el día del nacimiento del Salvador y Señor proclamaron con gozo a los pastores: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador que es el Cristo, Señor” (Lc 2,11), hablándonos ya de cómo el Mesías esperado tenía también el título divino de “Señor”.

El mismo Jesucristo, la Verdad, en su paso por la tierra, no negó, sino que aprobó y reconoció expresamente ser el Señor delante de sus discípulos. Además, éste era el modo usual por el que sus seguidores se dirigían a él: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy” (Jn 13,13). Otro ejemplo evidente lo tenemos en las palabras del mismo Señor recogidas por el evangelista Mateo: “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos…” (Mt 7,21), dando por sentado que él es efectivamente el Señor.

Tanta importancia ha tenido desde el principio de la venida de Jesucristo a la tierra el título de “Señor” que en el Nuevo Testamento no hay otro título tan aplicado a Jesucristo como el de “Señor”. Sólo el Nuevo Testamento contiene más de trescientas veces el término “Señor” referido a Jesucristo.

¡Jesucristo es el Señor! Verdad absoluta y permanente. Aunque a algunos no les guste, o aun les repele, aunque otros lo nieguen, o aunque otros pretendan apagar esta verdad, como se desea en numerosos ambientes de nuestro mundo contemporáneo occidental, sus esfuerzos son en vano, pues él y solo él, es el Señor, y lo será siempre. Así, reconocer el señorío de Cristo es un acto de justicia, que nada aporta o aumenta a su señorío, independiente y anterior a todo reconocimiento de cualquier criatura.

Está bien dar al César lo que es del César, pero es necesario y vital para la vida del hombre vivir bajo el señorío de Cristo, reconociendo con todo el ser que sólo él es el Señor.

Ahora bien, es conveniente aclarar que cuando afirmamos que Jesucristo es el Señor, reconocemos que objetivamente es el Señor, aunque de hecho, subjetivamente, buena parte de la humanidad todavía no le esté sometida, en virtud del mal uso de la libertad que el hombre puede ejercer en la tierra sirviendo a otros señores en vez de al único Señor. Es más, la mayoría de los hombres le niegan o rechazan como Señor. Pero también está escrito: llegará el día en que toda rodilla se postrará y toda lengua confesará que Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,10).
 

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