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Objetivos

Descubrir si estamos exagerando el cuidado de nuestro cuerpo o por el contrario no lo estamos cuidando. Descubrir que un cuerpo perfecto no cambia tu vida ni te garantiza el éxito profesional o sentimental.

Reflexión

Es importante que cada uno se sienta bien con el cuerpo que Dios nos ha dado. Unos somos más altos, otros más bajos, unos más rellenos y otros más finos, unos con la nariz larga, otros chata.... Así nos hizo Dios. Pero, si comes mucho chocolate y mucho pan, no le reclames a Dios los kilos que se te han puesto encima. Si estás todo el día sentado en el colegio y cuando llegas a casa y te sientas delante del ordenador y de la televisión, no le reclames a Dios que te duelen las piernas o la espalda, primero haz ejercicio físico. Como ya explicamos en el tema pasado el cuerpo es una vasija delicada que hay que cuidar, porque si no se estropea.

Cuidar el cuerpo sí, pero sin llegar a ser una obsesión. El hombre se cree capaz de todo, juega a ser como Dios y ese fue el primer pecado: querer ser como dioses (cf Gn 3, 5). El hombre es capaz hasta de cambiar su propio cuerpo, el cuerpo que ha recibido de Dios y sustituirlo por otro diferente. Lo quiere sustituir por un cuerpo perfecto, y no le importa someterse a operaciones de todo tipo, para estirar la piel, hinchar los labios, retocar la nariz, quitar las orejas de soplillo, aumentar los pechos con silicona, cambiar el trasero,... Hace poco leí un artículo que decía que hay chicas y chicos que piden para su cumpleaños una nariz nueva o unos pechos más grandes a sus padres, y que hay padres que se lo dan, aunque esa nariz estropee la voz y tengan que llevar un tornillo nasal para el resto de sus vidas. ¿Qué os parece? [...] Que nos concedemos todos los caprichos que nos apetecen, nos ayuden o no nos ayuden. Esto no quiere decir que no haya que acudir al cirujano si lo necesitamos. Por ejemplo, si tu nariz está desviada y no puedes respirar, habrá que corregirla. O si te faltan los dientes y no puedes comer, habrá que ponerlos de nuevo.

Otros cambian su cuerpo pasando un montón de horas en el gimnasio, aunque eso implique no poder hablar con su mujer o sus hijos. También hay chicos jóvenes que se obsesionan por los músculos y pasan horas y horas haciendo pesas, desfigurando su cuerpo y olvidando, como vimos en el tema pasado, dedicar tiempo a otros valores más importantes. Otros prefieren devolver la comida para que no les engorde. En definitiva, el hombre piensa que con un nuevo cuerpo va a cambiar su vida.

¿Tú también lo piensas? [...] ¿Piensas que si fueras más alto, más flaco, con más pecho, con más espalda,... cambiaría tú vida? [...]. Esto es un engaño, una mentira. El cuerpo no cambia la vida. Solo el encuentro con Dios es lo que realmente cambia nuestra vida. Dice en Eclesiástico 13,25 "El corazón del hombre hace cambiar su rostro." Si tu corazón está trasformado por Jesús cambiará tu rostro, será más alegre, más amable, más simpático, .... ¿Recordáis a Mateo, a Zaqueo, a la mujer samaritana? [...] ¿Quién cambió sus vidas? [...] Fue Jesús. Jesús es el que tiene poder para cambiar tu vida, para darte el amor que necesitas, la confianza en ti mismo, la alegría, el consuelo, la paz, las fuerzas .... "mientras que a los que esperan en Yahvé él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse." (Is 40,31)

Otro engaño es pensar que sólo los que tienen un cuerpo diez triunfan. Un cuerpo bonito, no garantiza un éxito profesional. ¿Qué pasará cuando tengas que mantener una conversación? [...] ¿Estarás preparado?[...] ¿Qué pasará cuando tengas que resolver un problema laboral? [...] Un cuerpo perfecto no garantiza un éxito sentimental. ¿Qué pasará el día que estés de mal genio, o triste por una dificultad o enfermedad? [...] ¿Qué pasará cuando envejezcas?... El que triunfa no es el "guapo", el que triunfa es el que cumple la voluntad de Dios. "Consecuencia de la humildad y del temor de Yahvé son la riqueza, el honor y la vida" (Pr 22,4). Y además, ¡para Dios todos somos guapos.!

Para cambiar todo este engaño, debemos empezar por aprender a aceptar nuestro cuerpo y el de los demás, cumpliendo lo que Jesús nos dijo: "Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros." (Jn 13,34)

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