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Objetivos

Descubrir lo que hay en nuestra mente que necesita ser cambiado. Analizar los criterios del mundo que se nos han pegado y que no son los criterios de la Palabra de Dios.

Reflexión

¿Os acordáis de la parábola que contábamos en el tema pasado? [...] Sí, el hijo pródigo. El hijo menor pide a su padre que le dé la parte de los bienes que le corresponde. Cuando el hijo menor lo consigue, se marcha. ¿Qué pasaría por la mente del hijo? [...] ¿Qué quería hacer con ese dinero? [...] La Palabra de Dios no lo dice, sólo dice que lo "malgastó... viviendo como un libertino" (Lc 15,13). Imaginemos qué pensamientos o ideas tendría este hijo. Por ejemplo: hacerse rico, vivir con lujos, divertirse haciendo lo que le diera la gana, no tener que soportar a su familia,... Y ¿dónde le llevaron estas ideas de su mente? [...] A quedarse sin dinero, a tener que trabajar duro y a vivir mucho peor de lo que vivía anteriormente en la casa de su padre. Conclusión: Sabemos que su conducta no fue la adecuada y seguro que su mente tuvo algo que ver. Nuestra mente también necesita un cambio, porque en ocasiones está equivocada.

Nuestra mente es como un gran almacén donde cabe de todo; mercancías buenas, regulares, malas, muy malas. Todo entra en nuestra mente. Tenemos recuerdos de cuando éramos más pequeños; imágenes que hemos visto en televisión, en anuncios, en internet, en revistas, en juegos, en libros; sonidos de la música que escuchamos, de las voces que nos rodean; palabras que retumban sobre lo que hemos oído en la familia, en el colegio,... o hemos leído en algún libro. Si nuestras obras son según lo que razona nuestra mente y siente nuestro corazón, entonces tendremos que tener cuidado con tener una mente sana y no enferma, una mente que cierre la puerta a las palabras, las imágenes o los sonidos, los criterios que no estén de acuerdo a la Palabra de Dios, para que nuestras obras sean buenas.

Fijaos si es importante la mente, dentro de todas las partes del cuerpo humano, que Jesús dijo cuando le preguntaron: " «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente " (Mt 22,36-37). Con toda la mente tenemos que amar a Dios, así que esta mente ha de ser agradable a Dios.

Párate a pensar qué entra en tú mente, de qué está llena tu mente.
- ¿De materialismo? Hay que tener, tener y tener para ser feliz (lo que trae una excesiva preocupación por el dinero)
- ¿De diversión? Comer, beber, salir de marcha (lo que lleva a dormir mal, no cuidar el cuerpo, a descuidar los estudios), liarme a una chica hoy y mañana otra... (esto lo aprendo en la tele, lo veo en el mundo, pero no es amor verdadero, es solo sexo).
- ¿De egoísmo? Yo busco mi interés, pienso solo en mí mismo y no en los demás.
- ¿De soberbia? Yo tengo razón y los demás están equivocados.
- ¿De vergüenza? Qué pensarán de mí, si se enteran que sigo a Cristo. Qué pensarán si...
- ¿De autocompasión? No sirvo para nada, pobre de mí, no sé hacer nada (esto me lleva a no trabajar, a no aprovechar los talentos que Dios me ha dado,...)
- ¿De amor a Dios y a los demás? (esto es correcto)
- ...

Estos criterios de nuestra mente son contrarios a la Palabra de Dios, que nos dice:
- "Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe" (1 Tm 6, 10)
- "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo" (Mt 16, 24) " Mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hch 20, 35 )
- "Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado". (Mt 23, 8-12)

¿Qué podemos hacer? Dice Dios: "No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12, 2). Transformar nuestra mente, cambiarla, renovarla. ¿Cómo? Metiendo la Palabra de Dios, que hay que aprenderla y vivirla, orando, pidiendo al Espíritu Santo que transforme nuestra mente, cerrando la puerta a las imágenes, sonidos, palabras,... criterios que no son del agrado de Dios.

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