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Objetivos

El Espíritu de Dios se derramó sobre los discípulos de Jesús en el día de Pentecostés dándoles fuerza y capacidad para seguirle. La promesa de la venida del Espíritu Santo es también para nosotros. El Espíritu Santo está deseando hacer su obra de transformación en nosotros como hizo con los discípulos.

Reflexión

A veces pensamos que los discípulos que vivieron con Jesús fueron afortunados, porque oyeron en directo la palabra de Jesús, vieron con sus propios ojos los milagros que él hacía e incluso se les apareció resucitado después de morir... Los discípulos creyeron que Jesús era verdaderamente el hijo de Dios todopoderoso. ¿Tú hubieras creído en Jesús si lo hubieras conocido en ese tiempo? [...] ¿Tú le habrías seguido? [...] No ha de ser una excusa decir "yo soy pequeño y Jesús sólo llama a los mayores". No, Jesús decía "Dejad que los niños se acerquen a mí" (Mt 19,14), quería que también los niños escucharan su Palabra. Jesús sanó también a niños que creyeron en Él.

Pero no fue fácil para los discípulos seguir los pasos de Jesús. Después de morir Jesús en la cruz, los discípulos no se atrevían a salir de sus casas. Tenían miedo de que los apresaran, los interrogaran y descubrieran que eran discípulos de Jesús. "No dijeron nada a nadie, porque tenían miedo" (Mc 16,8) ¿Qué les podría pasar? [...] Que también a ellos los crucificaran. ¿Tú tendrías miedo?[...] Sí, yo también. ¿Cómo te sentirías? [...] asustado, preocupado, triste, desorientado, sin esperanza...

Jesús conocía a sus discípulos y sabía cómo estaban, cómo se sentían. Tenía preparada una sorpresa para ellos, algo que ya les había prometido. "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy, os lo enviaré" (Jn 16,7). ¿Qué les había prometido? [...] Que les enviaría el Espíritu Santo. Leamos con atención lo que pasó: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos con un mismo objetivo. De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; se llenaron todos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Residían en Jerusalén hombres piadosos, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: ‘¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa: ....les oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios?’ Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: ‘¿Qué significa esto?’"... (Hch 2,1-12).

¿Qué pasó?[...] Los discípulos recibieron el don del Espíritu Santo, que vino como viento y lenguas de fuego (como vimos en el tema pasado). Y si seguimos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles descubrimos que el miedo que tenían desaparece, que ya no permanecen con las bocas cerradas sino que hablan de las maravillas de Dios, que han recuperado la esperanza, que tienen nuevas fuerzas, nuevas energías para seguir a Dios y su tristeza se ha convertido en gozo. Son hombres nuevos. Hombres nuevos por la acción del Espíritu Santo. ¿Tú quieres ser un niño nuevo? [...] La promesa del Espíritu Santo no era sólo para los discípulos de los tiempos de Jesús, es para ahora, para hoy. Dice la Palabra de Dios: "La promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro» (Hch 2,39).

¿Has sentido alguna vez miedo?[...] ¿Has sentido alguna vez tristeza?[...] ¿Te han fallado las fuerzas para hacer tus obligaciones, para orar a Dios Padre y a Jesús, para hablar a los demás de Jesús?[...] Jesús no te deja sólo, ha cumplido su promesa y el Espíritu de Dios está sobre ti para renovar tus fuerzas y darte alegría. El Espíritu Santo está deseando venir en nuestra ayuda como lo hizo con los discípulos de Jesús. Pero tienes que pagar un precio: vivir como hijo de Dios y sometido a él.

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